martes, 20 de noviembre de 2012

"Remangarse", un efecto de redes sociales.

Ayer muchos bombardearon las redes sociales y los comentarios de cafetería con una postura incómoda, pero realista: “Alfonso Cano no va a dejar de poner minas si ustedes se remangan el pantalón”, “subirse el pantalón no le va a devolver las piernas a nadie” y similares, que dejan al descubierto el ensimismamiento emocional de la gran mayoría de colombianos.

Hace menos de un mes hubo una campaña ambiental que, alegóricamente, es una muestra del interés por la preservación de los recursos energéticos; una campaña que ya tiene 4 años y que ha crecido sustancialmente en la medida que el ritmo económico de industrias y personas no afecte la cotidianidad, la "Hora Del Planeta", que pretende disminuir en su mayor proporción el uso de energía eléctrica por una hora; pero aún así me sorprendió asomarme a ventanas vecinas y ver que la participación era casi nula. Panorama muy distinto a otras ciudades del mundo, donde la cooperación fue masiva.

¿Qué pasa entonces con las campañas sociales, con la participación democrática, con la manifestación pública en Colombia, que todas pierden su fuerza cuando se enfrentan con la desidia de la gente?

Recuerdo la última gran convocatoria que hubo en contra de las FARC ese recordado 4 de febrero y se me hace difícil entender por qué otras de la misma importancia, como la de ayer tuvieran tan poca acogida, y sí tuviera gran número de detractores. Casi todas las movilizaciones actuales tienen la característica principal de ser promovidas en conmemoración de algún evento pasado, rememorando un episodio violento, pero de forma aislada, sin continuidad y sin propuestas activas, más allá del simbolismo de una oposición pacífica. 

De la mano, estas movilizaciones han perdido el carácter humanitario cuando se han transformado de campañas estrictamente sociales  a campañas publicitarias, con mercadeo incluido y artista promocionándola, logrando el efecto de los seminarios y charlas motivacionales: El día o el ratico que duran la campañas la gente las atiende con interés, participa y hasta promueve, pero al poco tiempo inocentemente se olvidan. 

El pueblo colombiano históricamente ha sido deforme, apático y desinteresado, incluso hasta por lo que afecta directamente; y no hace nada, sino seguir con sus malestares sin oponer resistencia. Malos mandatarios, abusos de estado, crímenes, e infinidad de motivos para protestar se han dejado intactos, por temor, por conformidad, o por desinterés. Injustificadas todas las excusas.

Antes de salir de casa me planteé el por qué seguir una manifestación que nadie conocería,  a nadie le importaría, o rechazarían por inútil. Pero se me pasó por la cabeza que en la inutilidad de estas campañas sociales, con la poca o mucha participación que puedan tener, se está creando en la mentalidad de quienes participan, y de quienes no, la conciencia inexistente del poder que tiene el pueblo, en la formación de sus ciudadanos, en el cambio político y en la presión mediática.

Para sorpresa mía, donde la gente más se “remangó” fue en las universidades, gente que en su mayoría ni por A ni por B ni por C ha estado cerca a la realidad del daño que produce una mina antipersonal. Fuera de la moda producida por el efecto publicitario, los que lo hicimos quisimos ser parte del cambio hacia la sensibilización progresiva y demostrar que estamos prestos a atender ciudadanamente preocupaciones ajenas, aunque sean propias.

La autoenseñanza de ser dolientes y participativos con los problemas cotidianos que afectan al país en pleno no es accidental, es un proceso, de vinculación de generaciones, de posiciones económicas y de ideologías, y debe tratarse con regularidad, si se quieren erradicar esas cosas por las que se protesta.
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